LA FE.
Les prometí hace unas semanas que antes de Navidad hablaríamos de la fe, de la espiritualidad, y de lo que al menos para mí y para muchos ciudadanos tal fe implicaba. Y como lo prometido es deuda, allá vamos…
Supongo que, para todos, las Navidades son una época especial, hay opiniones para todos los públicos: están los compradores compulsivos; los locos de las luces que son capaces de aguantar una marabunta de personas por ver el árbol de Navidad de la Plaza de Sol; los que ansían cenas de Nochebuena rodeados de cuñados cual meeting del extinto Ciudadanos; los que simplemente disfrutan de tener unos días libres en el trabajo…
Pero además de pertenecer a cualesquiera de los anteriores grupos, el católico vive esta época del año con una ilusión especial, con el entusiasmo de conmemorar el nacimiento de Jesucristo, sintiendo cómo su corazón se llena de gozo por la venida del Señor, y cual fuerza imparable, les empuja a sentirse amables, solidarios, a dar un poco más a los demás si se puede.
Y es que, hoy es una de esas pocas veces que me van a permitir ser tajante, y afirmar rotundamente lo maravilloso que es tener fe. No se confundan, esto no es una apología del catolicismo, sino un refrendo, para todos aquellos que puedan sentirse identificados, porque no hay mayor suerte en este mundo que tener fe.
No me considero mejor o peor, por creer en una espiritualidad concreta, ni pienso que aquel que se conciba como ateo o agnóstico tenga por qué albergar unos valores peores que los míos, pues siguiendo con las referencias espirituales, “de todo hay en la viña del señor”. Pero sí que me considero más afortunado, mucho más afortunado, porque si me permiten, me gustaría contarles someramente todas las recompensas que me otorga mi fe.
La fe te ayuda en el camino, pues te sientes constantemente acompañado, como si fueras un hincha más del Liverpool, porque cuando uno tiene fe “never walk alone”.
La fe es la mejor terapia, porque cuando dices que rezas por las noches no significa que te arrodilles a los pies de la cama recitando el “Jesusito de mi vida, tú eres niño como yo”. Es mucho más, es contar tus inquietudes y pesares, es dar gracias por las bondades, es depositar esperanza en lo que vendrá y sobrellevar el dolor. Es que hacia todas estas circunstancias uno se sienta escuchado, y muchas veces también respondido.
La fe, te permite saber que este mundo no es el final del camino, que cuando alguien deja de acompañarnos en él no pesa tanto la nostalgia, pues nos vela y cuida desde otro lugar, si cabe con más fuerza. Es que tus seres queridos estén siempre presentes en tu corazón, pues se encuentra lleno de esperanza, y de la sapiencia del reencuentro.
La fe es infinitamente variada, y no siempre va ligada al dogma. Porque sí, evidentemente si se quiere pertenecer a cierta comunidad hay unos valores consolidados, unos más rojos, y otro ámbar, pero contienen unas mínimas que cumplir. Pero la fe va más allá, porque es intrínseca a la propia condición de uno mismo, es la concepción que el interior de cada uno haya querido hacer de dicho dogma, y esto no hace sino flexibilizarlo, y le otorga una capacidad de adaptación tan grande como cada una de las individualidades existentes.
Quiero pedir disculpas de antemano, por que en el presente se ha narrado, pues no pretendo con lo escrito jugar a ser predicador, tampoco invadir el espacio de un teólogo, simplemente narrar la particular fortuna que siento por mi fe, fortuna que espero que muchos compartan.
Y quiero terminar el presente con una anécdota que escuché hace poco en un podcast. En el mismo se entrevistaba a un reputado neurocirujano que había desarrollado técnicas absolutamente innovadoras para las intervenciones quirúrgicas en su campo. Como hombre de ciencia, el entrevistador le preguntó:
- ¿Qué opinas sobre la espiritualidad? ¿Crees que realmente existe un Dios? ¿Piensas que puede haber vida más allá de la muerte?
El médico, que durante todo el Podcast ya había demostrado ser una persona verdaderamente inteligente, dio una respuesta que me dejó maravillado y que vino a decir algo parecido a lo siguiente:
- Miré, no tengo ninguna evidencia científica sobre la existencia de un Dios, es más si alguna albergase sería contraria a dicha existencia. Ahora bien, el ateísmo o negar la existencia de Dios, supondría afirmar que no hay ningún conocimiento por encima de los que yo a fecha de hoy, haya podido recabar, así que dicho lo cual, permítame no faltar a la humildad y no declararme ateo.
Expuesto lo presente, solo me
queda desearles una que pasen estas fechas acompañados de la gente que quieran,
y que si la por circunstancias ajenas no pueden gozar de tal compañía, no duden
en hacer uso de todos los medios de comunicación a su alcance para decirles que
les quieren. Se que esto último no esta estrictamente ligado a la fe, pero es bonito
decir “te quiero” y alegra mucho al receptor.
Feliz Navidad, Prospero Año
nuevo.
Abrazos a todos.
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