EL MILAGRO DE EMPEL

Nuevamente, una fecha en el calendario nos es más que útil, para esta pequeña narrativa. Así pues, sin más dilación y esperando que vuelvan con las energías recobradas tras este pequeño puente, procedamos.

¿No sé si saben qué celebramos el 8 de diciembre? Pues bien, el 8 de diciembre es el aniversario de la Inmaculada Concepción de la Virgen sin pecado Original, de lo cual no puedo sino congraciarme dentro de mi fe, y a la par alegrarme de que un país que institucionalmente fue declarado “aconfensional”, siga conmemorando su fe.

Pero detrás de este aniversario religioso, también se esconde una hazaña militar, una de tantas. Una de esas que probablemente alguien haya querido eliminar de los libros de historia, para a ver si así su selectiva “memoria histórica” la evanescía del recuerdo.

Por lo expuesto, y por si Ud. no tiene la suerte de conocerla, procedo en el presente a intentar resumirles lo que en el título ut supra referenciado aconteció:

Durante la guerra de los 80 años, los tercios españoles se encontraron sitiados durante varios días por los ejércitos enemigos en una pequeña localidad, cuyo nombre titula, dentro de un islote rodeado por las aguas del río Mosa. El asedio se postergaba durante días, de manera que los españoles habían consumido todas sus provisiones, incluidos sus propios caballos.

Ante tal circunstancia, el enemigo, propuso a los capitanes de los tercios españoles la capitulación, pues las circunstancias hacían presumir su lógica aniquilación, probablemente por el hambre o el frio, sin necesidad del ataque de tropas adversas.

Helo aquí la primera de las anécdotas, cuando ante las exigencias de capitulación contrarias, el capitán de uno de nuestros tercios (Arias de Bobadilla), entregó respuesta al ejercito enemigo, que con la literalidad que llega les traslado: “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”.

Así pues, antes dispuestos al ocaso que, al deshonor, y ante la inminente acometida enemiga, los españoles se prepararon para su final, con lo poco que disponían, y con el mucho frio, hambre y cansancio que los hostigaba. En esta labor, mientras se cavaba una trinchera, cuenta la leyenda encontraron una talla de la Inmaculada Concepción de la Virgen, recién pintada, como si el tiempo, la erosión, el basto frio y la humedad no hubiesen hecho mella alguna en el retablo.

Esto se entendió por la infantería española como absoluto milagro. Por lo que se procesionó, oró, y rogó a la virgen, que, si este era el final, al menos les permitiera acabar con honor. Pero el milagro no había hecho más que comenzar.

Narra la gesta que la madrugada del 7 al 8 de diciembre el frío del lugar fue tan atroz que las aguas del río Mosa se congelaron, lo que produjo en parte el encalle de las naves enemigas, y la posibilidad a la infantería española de emboscar al rival.

Así pues, se dio la vuelta a una situación completamente adversa, con unas pocas tropas, unas pocas armas, un inmenso sentido del honor y de la patria y una fe inagotable.

Perdónenme de antemano, que la narrada hazaña haya sido tan resumida, pero me parece más importante el mensaje y la comprensión, que las citas de fechas o nombres, que no por falta de merecimiento los protagonistas deberían obtener. Pero una vez más es el concepto lo relevante, la fe.

Antes, muchos siglos antes de la batalla relatada, les dijo Jesús a sus discípulos “la fe mueve montañas” y este es el concepto.

Vienen fechas en las que, todos los que tenemos la suerte de tener fe, y nos congraciamos de ella, nos sentimos particularmente afortunados, pues este sentimiento está más latente que nunca. Sentimos como una fuerza inmensa invade nuestros corazones, nos empuja, nos ayuda, y nos guía en nuestro camino.

Y si bien les prometo hablaré de la fe católica antes del nacimiento de Jesucristo, hoy a lo que les evoco es a la suya propia, a su fe particular, a sus creencias, a lo que quiera que ustedes les mueva.

Porque la fe, no es solo un término católico, o que tiene sede en la espiritualidad. La fe puede ser algo tangible, algo que incluso el más pragmático de los seres puede sentir. Pueden tener fe en su familia, en sus amigos, en que mañana el Madrid va a ganar al Manchester City, en que les va a tocar la lotería, tengan fe en lo que quieran. Porque si hay un sentimiento fundamental, si algo nos permite continuar en el camino es la fe, ese sentimiento, esa convicción de que no lo hacemos solos, de que nuestro esfuerzo va a llevar el barco a puerto a través de la tormenta, y de que la recompensa llegará.

Y si no me creen a mí, les conmino en este instante a ponerse el final de la película “El Señor de los Anillos: las dos torres”, y ese momento en el que Aragorn, cual mesías, despierta la fe del Rey Theoden, ya saben “el cuerno de Helm resonará en el abismo una última vez”.

Referencias épicas aparte… No pierdan su fe, no permitan que en estos tiempos oscuros se la arrebate quien desprovisto de ella, y movido más que por la mediocridad y la envidia quiera encontrar en todas las almas el inmenso vacío que refleja la suya propia.

No es esto una llamada a la beligerancia, sino a la defensa de las convicciones, pues es lo más íntimo e intrínseco que guardan en su ser. Ármense con ellas, luchen contra el enemigo que se las quiera arrebatar, y que dentro de ustedes siempre resuene un grito de confianza.

 

Abrazos.

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