REPESCA.


Hola animados lectores, hoy me gustaría cambiar de tercio. Que si, lo sé, sé que entré muy bien con el acervo regional extremeño y os vinisteis un poco abajo con la filosofía y con paranoias que igual no debieran haber pasado de mis divagaciones nocturnas. Bueno, pero es que esto es la vida, como diría una antigua amiga, a veces se gana, y el resto de las veces se aprende.

Así que hoy vamos a hacer algo completamente diferente, y si, por un momento volvemos a nuestra niñez, volvemos a contarnos un cuento, una pequeña fábula. Me encanta la palabra fábula, en realidad creo que siempre me gustaron las palabras esdrújulas, recuerdo cuando nos enseñaban las acentuaciones en el colegio y la gracia que me hacía que la propia palabra esdrújula fuese esdrújula en sí misma, ¿esto se considera metafísica?

Bueno volvamos a las fábulas, a esas pequeñas historias que siempre traían un mensaje, una moraleja, una lección de vida, algo de lo que sacar partido, ¿las recuerdan?, ya saben: Pedro y el lobo; la liebre y la tortuga; el escorpión y la rana…

Me encantaba esta última, ese escorpión que pedía ayuda a la rana para cruzar el río con el compromiso de no dañarla, y justo al final, cuando ya se sentía a salvo en la otra orilla, terminaba clavando su aguijón en la ranita mientras esta se preguntaba por qué le había dañado cuando ella solo lo había ayudado; a lo que el escorpión solo podía disculparse, pues era su idiosincrasia picar, su instinto.

En este caso, la rana no tuvo una segunda oportunidad, no puedo aprender de su propia moraleja, porque probablemente feneciera tras el picotazo del escorpión. ¿Pero qué sucede aquellas veces que la vida si da segundas oportunidades?

¿Qué piensan ustedes de las segundas oportunidades?

Por una parte, tenemos el tan afamado refranero popular “segundas partes nunca fueron buenas” (salve la excepción del Padrino II, que es sin duda la mejor de la saga y no admito discusión); también podemos volver a la rana y al escorpión, no creo que en caso de sobrevivir nuestro batracio hubiera nunca vuelto a ayudar a ningún bichito con aguijón.

¿Cómo negar la segunda oportunidad si hemos crecido rodeados de ellas?, piénsenlo un momento, no han hecho otra cosa que darnos segundas oportunidades: si suspendías un examen, recuperación; si no te pasabas la pantalla del juego de la PlayStation, apagar sin guardar en la memoy card y nuevo intento; en los reality show, siempre terminaban montando una repesca; la leche si es que hasta el Sevilla acabó ganando alguna Europa League cayendo eliminado desde la Champions…

¿Entonces qué? ¿Damos o no damos segundas oportunidades?

¿Pero es que no me conocen todavía? ¿Aún siguen acudiendo aquí pensando que se va a responder a alguna pregunta?

No evidentemente no, si no tengo respuestas para mí mismo, ¿cómo voy a ser tan ególatra de recomendárselas a ustedes?, esto de “consejos vendo que para mí no tengo”, no, no me pillaréis por ahí de momento.

La vida, no la podemos controlar, las “repescas” están ahí, en ocasiones en demasía (no descarto tratar este tema en adelante). Pero si hacemos un poco de introspección, perseguir aquello en lo que se fracasó puede ser un ejercicio, a priori, de tenacidad, de resiliencia, Pero, ¿dónde está el límite? ¿Cuándo debemos decir basta, darnos cuenta del error y tratar de coger otro camino por el que sí poder continuar el viaje?

Pónganse en la piel de un opositor, que por H o por B no está consiguiendo su plaza; o en la de aquel que sueña con ser actor, sin que le llegue la oportunidad de un papel importante; quizá en la de un buen futbolista, que por falta de un buen ojeador vaga por las categorías menos altas de nuestro deporte.

Es muy fácil identificar el acierto o el error una vez producido, si cualquiera de los ejemplos señalados consigue su objetivo, la tenacidad habrá sido un acierto y él/ella un ejemplo de la misma. Si, por el contrario, empeña su carrera en intentos que no le llevan a nada, habrá desperdiciado su vida en el camino equivocado. ¿Y si se toma la otra opción, la de parar, la de no coger más revalidas? Nos encontraremos con alguien que vivirá con la duda de no saber si la siguiente hubiese sido la buena.

¿Dónde debemos entonces permitir que la cordura frene a la tenacidad? O en su sentido más prosaico, ¿Cuál es el momento en el que los sueños deben quedar acotados en su mundo, en lo onírico, y permitirnos vivir también despiertos?

Como siempre les digo: no esperen un final, no busquen una conclusión, ni tan siquiera, en este caso, mi opinión.

Si les puede decir, lo que decía mi amiga, en la vida a veces se gana y a veces se aprende…

 

Abrazos.

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