LO BARATO SALE CARO.
Seguro que alguna vez a lo largo de sus vidas han escuchado la frase con la que se titula el presente. En mi casa también decían que “Tío Regalo, se murió hace mucho tiempo”. Son conceptos sencillos de entender, y fieles reflejos de la realidad, que pueden relacionarse con otros muchos dichos de nuestro léxico: “quien algo quiere algo le cuesta”, “a quien madruga Dios le ayuda”; o si quieren ir a otros idiomas piensen en el “no pain, no gain”, o quizá aquella otra que tantas veces vio coronarse al mejor deportista de todos los tiempos “victory belongs to the most tenacious”.
Las citas vienen a referir que no hay recompensa sin esfuerzo, algo que hasta hoy, resultaba obvio pensaba yo… y por supuesto, que hay un componente intrínseco a la condición de cada uno, el talento.
¿Y si esto hubiese dejado de ser así? ¿Y si nos hemos olvidado del significado de la virtud y de la excelencia?
Vamos con los ejemplos, que siempre son más ilustrativos… Me comentaba una amiga profesora hace algunas semanas que, para un curso de 3º de la ESO, tenía que preparar un examen de evaluación, y para que pudiera cumplir con los “nuevos estándares educativos” necesitaba realizar:
Un examen general.
-
Un examen específico para un alumno con
dificultades en la comprensión lectora.
-
Un examen “un poco más sencillo”, para alumnos
con dificultades en el aprendizaje.
- Dar más tiempo a otro puñado de alumnos diagnosticados con TDAH.
Evidentemente los criterios correctivos, en función del alumno en cuestión, también habrían de ser adaptados, pues no podría valorarse a todos igual.
Absolutamente incrédulo ante la situación, me preguntaba ¿cómo esto podía suceder así? Me planteaba la problemática que se generaba, pues las calificaciones absolutamente dispares, quedarían completamente enloquecidas en función de las características personales del alumno y no de sus habilidades o conocimientos.
Si lo sé… son niños, ¿pero y si pasase con adultos? Imaginen que, a través de cupos de reserva por discapacidad, medidas de discriminación positiva, fomento a colectivos vulnerables, etc., se estuviese permitiendo a ciertas personas acceder a aquello que, por falta de esfuerzo, o en muchas ocasiones, del talento necesario, se les había privado.
Supónganse, (si es que no fuera ya el caso) padres de una bella criaturita. ¡Magnífica! (pues siendo sus padres no pretendería que la concibieran de otra manera); tal criaturita es perfecta en todo su ser, pero tiene una voz que solo escucharla hace ladrar a los perros de todo el vecindario; tiene menos sentido del ritmo, que Farruquito del color del semáforo; y la capacidad de afinación es nula o inexistente. Imaginen que tal criatura les manifiesta su sueño de ser cantante ¿Qué hacen Uds.? ¿Le apuntan a solfeo? ¿O intentan reconducirle hacia otra faceta de su talento que no le condene al desempleo y al hambre?
Claro que la respuesta tiene truco, porque con el tan afamado Auto-Tune me hago cantante hasta yo.
Pero justo esto es a lo que voy, ¿No tienes voz para cantar? No pasa nada, con esta máquina puedes hacerlo; ¿No tienes capacidad para memorizar 100 páginas? No te agobies, te las preguntaremos de 10 en 10; ¿Te niegas a trabajar porque consideras que estás mejor en el sofá de tu casa?; qué menos que garantizarte una Renta Básica Universal por el solo hecho de existir, mejor que otros suden por ti.
No quiero caer en el error, quería dejar claro el concepto, pero lo que me interesa, lo que debería interesarnos a todos, es la idea, que ya ha sido introducida y parece bastante clara. No buscamos la excelencia, no premiamos la virtud, y no reconocemos el esfuerzo, no vaya a ser que quien no los dispone, o no los quiere disponer, se nos vaya a ofender.
Nos estamos convirtiendo en una sociedad que se abnega a su propio fracaso, y observen que esto acontece en todas las escalas: hemos visto cómo a los niños se les realizan evaluaciones “adaptadas”; como los planes educativos de formaciones superiores se transgreden en “pequeñas evaluaciones continuas” a fin de no resultar demasiado pesadumbrosos; como en los entornos laborales, sobre todo en aquellos que “los cuartos” no son de nadie (a buen entendedor…), se prioriza el pertenecer a una minoría como criterio de contratación.
Permítanme el símil futbolístico, pero están queriendo hacer de nosotros un equipo que sale a empatar. Y les prometo que si empatamos todos los partidos, tras la finalización del campeonato, con 38 puntos en el conteo, la matemática nos situará más que probablemente en segunda división.
Ya hemos tratado la empatía, hemos hablado someramente de lo que implica pertenecer a una comunidad, sobre las identidades, pero lo que a un humilde entender de este servidor, no es intelectualmente asumible, es que en lugar de empujar a crecer al que le cuesta, se frene al que le sobra, a fin de que el primero pueda alcanzarle.
Y no todo es competición, y no a todos, tristemente, nos motiva el afán de ser mejor cada día, pero es que ni tan siquiera nos promueven los diferentes talentos que podamos albergar, o la ya mentada cultura del esfuerzo.
Y una vez hemos cargado contra las instituciones, contra la sociedad, y contra estos absurdos nuevos valores que pretenden inculcarnos, les pido por último que carguen contra si mismos, pues en sus propias personas reside parte de la culpa de lo narrado. Y para el caso de que no tuvieran a bien atender a mi pedimento me voy a permitir refrendarlo con una cita de alguien más sabio, pues decía Hemingway “no hay nada noble en ser superior a tu prójimo, la verdadera nobleza es ser superior a tu yo anterior”.
Por lo expuesto, termino el
presente agradecido por pertenecer a una generación que, aunque solo sea en
parte, ha podido escapar de estos nuevos valores, y me congratulo de aquellas
frases que en su momento pudieron pesar, de saber que sin esfuerzo no se
alcanza ninguna cima, y que no hay mayor estúpido que el que desperdicia su
propio talento.
Abrazos.
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