GAFAPASTA.
Hola animado lector,
¿Quedáis muchos por aquí? Espero que tras el último capítulo hayáis puesto un poco en práctica el maravilloso ejercicio del pensamiento, y sobre todo espero que tal ejercicio no os haya hecho demasiado infelices.
Ya hemos divagado de una forma un tanto somera sobre esas conductas, de las cuales nos deberíamos plantear el ¿por qué? Hoy quiero concretar y profundizar un poco sobre algunas de ellas.
Pensemos por un momento en el noticiero diario, ¿Qué les contaron ayer? Con toda seguridad les hablaron de una guerra en Oriente Próximo en la que están muriendo muchísimos inocentes; quizá sacaron algún video de drones o bombas en zonas de Ucrania; puede que, justo antes o después viesen algún anuncio de Unicef o alguna otra ONG en los que les comentaban la situación de los niños somalíes, los cuales están condenados al hambre y a una vida breve y desgraciada.
¿Qué sienten cuando ven todo esto? Supongo que lógicamente la sensación mayoritaria sería de pena o lástima ¿Por qué? La respuesta es muy clara, Uds. como el común de los seres humanos que viven en sociedad hemos desarrollado un valor llamado empatía, que en este capítulo nos valdrá como un ejemplo bastante ilustrativo.
Y a los efectos de que eviten considerarme un sociópata desalmado, voy a usar como contraste a algunos autores, a los que quizá por su fama, les cueste más menospreciar.
Fíjense en el bueno de Charles Darwin, él nos introdujo prácticamente todo lo que sabemos sobre el desarrollo humano, padre del evolucionismo. Pues bien, sin ser yo biólogo, ni tener ningún tipo de formación relacionada con la materia, creo que su teoría podía ser resumida de una forma muy sencilla: los más fuertes sobreviven; la causa de la evolución y de la adaptación de las especies es en busca de la mejora constante para dicha supervivencia, y así tras generaciones los seres vivos van desarrollando una serie de mejoras corporales que permiten a la especie en cuestión subsistir.
Podemos hablar también por ejemplo de Thomas Hobbes, y de su Leviatán. Nuevamente, de manera muy sintetizada, lo que viene a plantearnos es un estado de naturaleza en el cual la característica principal del ser humano sería el egoísmo.
¿Por qué este egoísmo? Por pura supervivencia, evidentemente si una pareja de la misma especie solo cuenta con el alimento necesario para la continuidad de uno de ellos, no guarden ninguna duda sobre que aniquilará al otro a fin de garantizar su subsistencia.
¿Qué pasa entonces con la empatía? ¿Cómo es posible que si lo que nos ha traído hasta aquí es el egoísmo y la búsqueda de la mejora constante nos permitamos sentir lástima o compadecer a otros, aunque se trate de absolutos desconocidos? ¿No es esto justo lo contrario a nuestro instinto, a nuestra naturaleza humana?
Busquemos otro ejemplo, quizá menos brusco. Piensen ahora por ejemplo en ese tío o primo, con el que coinciden todas las navidades para cenar, pero cuyas coincidencias se limitan a eso, a un par de ocasiones al año, en las que se dicen que se echan en falta y que se deben llamar más (aunque sea por cumplir con el compromiso social prestablecido). Sin embargo, no se llaman, ni se visitan, porque honestamente no tienen ganas de hacerlo. Por el contrario, recapitulen sobre el camarero del bar al que acuden frecuentemente y solo en función de la hora del día, o con una simple mirada sabe lo que Uds. desean tomar sin necesidad de que se lo pidan. ¿Por qué debemos sentir más afecto por este familiar que por nuestro camarero? ¿Por una cuestión sanguínea? ¿Genética?
¿Quién ha decidido que es bueno y que es malo? O más importante aún, (dado que estos valores están prestablecidos y es tarde para discutirlos) ¿Son acertados estos constructos sociales?
Lo que vengo a sugerir, es que vivimos una serie de imposiciones, sí, imposiciones, porque, aunque Uds. no lo crean si se negasen a las mismas serían marginados del sistema y catalogados como sociópatas, las cuales desconocemos hasta qué punto son adecuadas para nuestro desarrollo.
Ambos dos caracteres, empatía y consanguinidad, así como muchos otros, tienen un factor común: hacernos sentir partícipes, que formamos parte de un grupo, de una comunidad, que no estamos solos ante un despiadado mundo. Me encantaría que esta idea fuera mía, pero realmente es de justicia reconocérsela a su autor Noah Harari en su maravilloso Sapiens (no se lo puedo recomendar más encarecidamente).
Podemos entonces deducir que existen una serie de valores o caracteres, los cuales pese a ser a priori ciertamente contraproducentes para la mejora de la especie, son absolutamente necesarios para nuestro “confort” en el mundo, para nuestra vida en comunidad, para salvaguardar nuestra identidad de pertenencia.
Quizá a este capítulo le falten ejemplos, o anécdotas, para facilitar la reflexión, pero bueno, tarde o temprano tendremos que quitarnos los ruedines de la bicicleta ¿no?
Dicho lo cual, helo aquí el planteamiento de la semana: ¿debe prevalecer el confort de lo presente por encima de la mejora futura y en contra del propio instinto y la naturaleza del ser?
Como siempre les digo: no esperen
un final, no quieran una conclusión, ni tan si quiera en este caso mi opinión.
Abrazos.
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